
El Espíritu que sopla Jesús sobre sus discípulos y que sigue animando a su Iglesia, es la que nos hace arder el corazón y nos da la inteligencia para leer las Escrituras y la historia y reconocer sus huellas resucitadas.
Este mismo Espíritu suscita hombres y mujeres para estar cerca de los sufrientes, como lo hizo nuestro hermano Damián con sus compañeros de infortunio y de esperanza en Molokai. Impresiona ver cómo Damián buscó decirles hasta qué punto Dios los amaba y nos los abandonaba. Para los arrancados a la fuerza de todo vínculo familiar y social, Damián se hizo cercano, compartiendo con ellos sus casas, su comida, sus largas esperas, el calor de los vínculos vividos en su condición de reclusión, su enfermedad y su muerte. Y con ellos, y animado por la fidelidad del Buen Señor Jesús, cuidó de los cuerpos de los vivos y de los muertos. Y con ellos, más allá de las fronteras confesionales, adoró al Señor presente en la Eucaristía y lo sirvió en los leprosos.
¿Qué pasará después de esta Pandemia?
No lo sabemos mucho. Lo que sí sabemos y deseamos es que las cosas no pueden seguir como antes. Y así como tendremos que aprender a convivir con el coronavirus en nuestro cuerpo para que podamos encontrar su antídoto, espero que lo que hemos aprendido en este tiempo no lo olvidemos. Una humanidad más reconciliada con su vulnerabilidad, modos de habitar nuestro planeta más como cuidadores que como depredadores, más cerca y más interdependientes unos de otros, y nuestras comunidades y cada uno de nosotros, caminando junto a los hermanos y hermanas con sus penas y tristezas a cuestas, como lo hizo Jesús con los discípulos de Emaús, como lo hizo Damián con los compañeros de destino, en Molokai.
Alberto Toutin sscc