"En Jesús encontramos todo"

CONGREGACIÓN DE LOS SAGRADOS CORAZONES
de JESÚS y de MARÍA
Gobiernos Generales de Hermanos y Hermanas, Roma

ESPAÑOL | ENGLISH | FRANÇAIS

Home / Noticias / Entrevista con los Superiores Generales, Patricia Villarroel sscc y Alberto Toutin sscc

Entrevista con los Superiores Generales, Patricia Villarroel sscc y Alberto Toutin sscc

“LA OBRA DE DIOS”


Ante la cercanía de los próximos Capítulos Generales, que tendrán lugar en Roma, del 1 al 22 de septiembre de 2024, conversamos con los Superiores Generales que hacen balance de estos últimos seis años y nos ofrecen su visión de la Congregación, desde la cercanía que han tenido a las diferentes realidades, durante este período de animación en el servicio de la autoridad.

¿Cómo te sientes personalmente después de casi seis años de servicio como Superior/a General?

Patricia: Verdad que estamos por cumplir los seis años. ¡Se ha pasado tan rápido el tiempo! No puedo decir que mi vida no haya dado un vuelco importante en estos años. Los viajes, que me han hecho conocer tantos lugares, gente y culturas distintas; la responsabilidad con la que nunca nos sentimos “a la altura”; los testimonios de las hermanas, muchos de ellos tan edificantes… Hay una honda experiencia espiritual en esto. Siento que he aprendido a contar más con el Señor, a aceptar mejor mis pequeñeces porque el que actúa es Él y, por lo mismo, a vivir con más paz las dificultades. He valorado como nunca la frase de San Pablo: “Mi gracia te basta”. He crecido en confianza y, mucho más que antes, he profundizado esa idea de nuestros fundadores que la obra es de Dios. Eso me ha dado siempre tranquilidad y esperanza.

Alberto: Personalmente me siento agradecido del Señor y de los hermanos y hermanas. En estos 6 años he podido encontrar a todos los hermanos de la Congregación, también a la gran mayoría de las hermanas. Me edifica el verlos en sus alegrías, a veces también en sus combates con las dificultades que vienen por la enfermedad, la edad o por la fraternidad que intentamos vivir día a día. Recuerdo con emoción las visitas a hermanos mayores de los que sabíamos que sería la última vez que nos veríamos en este mundo: la sencillez del compartir, la gratitud por lo que la Congregación les ha permitido vivir, el modo sereno de enfrentar el paso de la muerte próxima y su bendición final. Todas ellas las atesoro.  Mi oración está así poblada de rostros, de situaciones y de lugares. Agradezco también la presencia y la compañía diaria del Consejo General y de nuestra Comunidad de la Casa General. Me recuerdan que estamos juntos en este servicio. A menudo le digo al Señor: “Ahí están estos hermanos y hermanas, son tuyos. Ayúdame a acompañar tu obra en cada uno de ellos”. ¡Qué bien nos haría que todos nos sintiéramos parte de esa obra que Dios lleva adelante, contando con todos y cada uno de nosotros!

¿Qué es lo que destacas de este período?

P: Destaco, en primer lugar, los acontecimientos del mundo, que ha vivido experiencias muy fuertes, en estos años. Desconocidas, al menos para estas generaciones. Hablo de la pandemia, el encierro, las muertes, la sensación de vulnerabilidad de la humanidad, que vivimos todos. Pero hablo también de las guerras, que nadie puede detener, de la violencia que va en aumento en todas partes. De esa impresión que tenemos todos de una falta de líderes mundiales que sean capaces de hacer que las cosas cambien… Todo ello ha tocado fuertemente nuestras reflexiones, nuestra oración, nuestras búsquedas.

Quiero destacar también dos acontecimientos eclesiales que me han parecido muy importantes: el Sínodo de la Amazonía y el de la Sinodalidad. Ambos visibilizaron situaciones, que estaban acalladas. Y aunque haya mucho camino por andar, hay una sensibilidad mayor ante ciertos temas. Ello ha salido bastante en nuestras visitas a las comunidades.

Pero también quiero destacar lo que internamente vivimos. El sentimiento de que somos pocos y pocas, y muy frágiles en todas partes. Eso está muy presente, a veces con un poco de desesperanza, pero se choca con la energía y la fuerza con que se realiza la misión en tantos lugares. Con los sueños de los más jóvenes y con la santidad de muchas de nuestras hermanas y hermanos mayores. Cuando hago la síntesis, normalmente en la oración, siempre me viene la idea de que la fragilidad es la hendidura por donde el Espíritu puede entrar para hacer la obra a la que estamos llamados. Es el momento de agradecerla.

A: En estos años hemos tenido un gran remezón mundial con la Pandemia. Este acontecimiento ha creado un antes y después en mi vida. Nos hizo ver cuán frágiles y vulnerables somos. Que nuestros planes penden de una cantidad enorme de imponderables que no controlamos. Y que para hacer viable un futuro común necesitamos situarnos en otra actitud: de cuidado próximo unos de otros y de nuestro medio ambiente, de intentar desterrar los gérmenes de violencia que anidan en nuestro corazón, de compartir con los que no cuentan con el mínimo necesario para vivir, de ajustar nuestras necesidades y traducirlas en modos sobrios de vivir y de habitar nuestro mundo. En ese mismo contexto, destaco todas las iniciativas que surgieron para cultivar los vínculos y hacer sentir la cercanía de unos, de otros y de Dios en ese tiempo. Creo que muchos redescubrimos la belleza simple de la celebración de los ritos litúrgicos y la fuerza de la fe en Dios que, incluso en su silencio, nos habla. Las tecnologías de la comunicación se nos ofrecieron como una espléndida herramienta y un espacio de encuentro. Creo que son aprendizajes que no hay que olvidar y que necesitamos seguir cultivando en nuestras relaciones cotidianas, presenciales y próximas.

Según tu parecer, ¿cuáles son los desafíos para la Congregación en el futuro inmediato?

P: Pienso que nuestro mayor desafío actualmente es el fortalecimiento de la fraternidad, de la vida en comunidad. Yo tengo la esperanza de que el Capítulo diga algo al respecto. Creo que lo que más necesita la realidad social, mundial, en este tiempo, es el testimonio de nuestra fraternidad. Las comunidades tienen la obligación de mostrar que la fraternidad es posible, que la diversidad es realmente una riqueza, que la comunidad de bienes nos engrandece, que la vida en común nos hace gozar, que no es una penitencia como se ha dicho de repente. Pero para eso tenemos que retomar los anhelos que traíamos al comienzo, los deseos de santidad, que teníamos en el noviciado, y aprender a morir un poco a nuestros egos personales…

El segundo desafío que me parece muy importante también, es no olvidar al Dios de los pobres. Estar siempre buscando quiénes son los pobres que hoy necesitan de nuestra cercanía, amistad y preocupación. Hay tantas cosas que se pueden hacer para mostrarles el amor de Dios. Nuestra espiritualidad es tan rica por eso, porque siempre podemos hablar del Dios de nuestra fe, a través de gestos muy sencillos, con pocas palabras, con nuestra presencia, interés, cariño…

A: Me parece que los desafíos más importantes para el futuro de la Congregación son:

  • Crecer en una mayor interdependencia entre nosotros. La Pandemia nos los recordó brutalmente. A la escala de nuestra familia religiosa, significa reconocer que, en el plano personal, es con mis hermanos, que puedo llegar a ser el hermano/hermana que el Señor quiere hacer de mí. En el plano pastoral y de los servicios, nos necesitamos unos a otros, podemos aprender más unos de otros. Eso pasa inevitablemente por dos conversiones: que reconocemos nuestros límites y que, junto a los otros, soy más. Por lo tanto, vencer el reflejo tenaz e ilusorio de nuestra autosuficiencia, creer que cada uno se basta a sí mismo. Y la otra conversión es la de buscar activamente la colaboración, el trabajo en equipo, allí donde estamos.  Esto supone vencer esa idea ilusoria que nos hace creer que solos, somos más eficientes, hacemos las cosas más rápido, sin pérdida de tiempo, ni desgaste de energía en los inevitables ajustes y tensiones que supone vivir y trabajar con otros. Se trata de vencer entonces el estéril individualismo y creer decididamente que buscando juntos llegamos más lejos.
  • El otro desafío vinculado con lo anterior: poner más decididamente al centro de nuestras vidas a Dios, su misión. En esta perspectiva lo que más importa es descubrir dónde y cómo Dios va llevando adelante su acción de salvación, de paz, de justicia. Y de preguntarle más a mendo de qué forma quiere que colaboremos con él. Eso haría de cada uno de nosotros, y de nuestras comunidades, espacios de búsqueda, de discernimiento de ese querer de Dios. Poniendo a Dios y su obra en el centro, estaríamos menos preocupados por el futuro, si seremos muchos o pocos, pues Él es desde ahora nuestro mejor futuro. Y estaríamos menos auto-centrados en los cambios internos que necesitamos hacer como Iglesia y como Congregación y más abiertos a dejarnos sorprender por las personas, las oportunidades y los recursos que Dios suscita en nuestro mundo para desplegar pacientemente su acción.
  • El tercer desafío que está vinculado con los dos anteriores es el de una fraternidad más robusta y sabrosa. Eso pasa por reconocer y acoger en los hombres y mujeres de nuestro tiempo, en los que forman parte de nuestras comunidades religiosas y pastorales, esos hermanos y hermanas que el Señor ha prometido dar a los que lo intentamos dejar todo por su Nombre y por su Evangelio. Todos sabemos que vivir juntos no es simple y que, a ratos, pone a ruda prueba nuestra paciencia con los otros y con nosotros mismos. Sin embargo, si nos miramos unos a otros con más benevolencia y paciencia -como mira Jesús a sus discípulos y nos mira a cada uno de nosotros-, si ponemos gestos que le den espesor humano, belleza, interés genuino por el otro, sin miedo a corregirnos y sobre todo fe en que Dios está haciendo su obra en cada uno, tal vez nuestra fraternidad sería más sabrosa y difícilmente podríamos prescindir de ella.

¿Qué esperas que aporte a la Congregación este tiempo de preparación y celebración de los Capítulo Generales?

P: Los Capítulos Generales son momentos de Congregación que todas y todos debemos vivir. Son tiempos fuertes que fortalecen la identidad y pertenencia cuando nos sabemos situar de cara al encuentro. Evaluar la vida, reflexionar y discernir, buscar y proyectar, es la manera cómo podemos reconocer la voz del Espíritu que nos va impulsando hacia adelante.

Hemos enviado algunas preguntas sobre los temas que vamos a tratar, para que todas las hermanas se hagan parte. Es la manera de que el Capítulo escuche al Espíritu que habla en ellas. Yo espero que todas y todos nos pongamos en sintonía con la oración, el interés y la participación solicitada a cada cual, antes, durante y después del Capítulo.

A: Lo que más espero que todos y cada uno podamos entrar en la dinámica de preparación y de celebración de los Capítulos Generales. Sentirnos que estamos buscando juntos –hermanas, hermanos y laicos- a Dios y su acción en este mundo que nos toca vivir. El hacerlo no es otra cosa más que “tenemos que hacer”, sino disponernos con alegría a un encuentro con el Señor que sigue viniendo. Esto implica que demos más tiempo a dejar resonar su Palabra en los acontecimientos de nuestro mundo, en la vida de cada uno de los hermanos. Que nos vuelva a hacer arder el corazón, nos dé ojos nuevos, para decir con nuestra vida: “Hemos visto al Señor” y nos llama a compartirlo en las Galileas, los Molokai, en las calles de nuestros barrios, en las capillas de nuestras casas, en la habitación de un hermano que se prepara a ir al encuentro del Bien-Amado Hermano, Jesús.

27/04/2024