Este testimonio fue recogido el 11 de junio, fiesta del apóstol San Bernabé, doce días antes de que falleciera en la casa provincial y enfermería de Santiago de Chile.

Nuestro hermano obispo Javier Prado Aránguiz sscc se incorporó a la vida de la comunidad de la Casa Provincial y enfermería de Chile el pasado mes de enero. A sus 91 años asume la fragilidad de la etapa final de su vida y es capaz también de mostrar su sonrisa en medio de los dolores de su enfermedad.
El confinamiento le ha privado, por ahora, de poder conocer a su recién nacido sobrino bisnieto. En sus reflexiones sobre lo que está sucediendo en el mundo, considera fundamental el unirnos y ayudarnos unos a otros. Espera que surjan signos de solidaridad y fraternidad por todo el planeta. Está ilusionado con la ordenación episcopal de Sergio Pérez de Arce sscc, a quien ha regalado una de sus mitras.
Francisco, “un terremoto”
Javier sueña con una Iglesia más cercana a las personas y a lo que se vive cada día. “Hace falta dar más pasos, con mayor sencillez y simplicidad apostólica. El papa Francisco nos ha removido bastante. Ha sido un terremoto”, expresa con un pequeño pero convencido hilo de voz. Lo sabe por experiencia en Chile: un terremoto bien administrado supone luego la construcción de ciudades mejores.
Conoce la Congregación en Chile, España, Francia y Alemania. En este último país recuerda cultivar el espíritu de recogimiento. “La Congregación es bien querida, aunque no bien comprendida en Chile. La Congregación no es solo la función de la educación. Está inserta en la vida de la Iglesia que es múltiple”. Confía en que después de la crisis surjan nuevas vocaciones.
Los santos han inspirado su vida. En su infancia conoció dos figuras: el padre Damián y el hermano Eugenio Eyraud. “Son amores de infancia -reconoce- que me han marcado para siempre. Fui ya de obispo emérito a la isla de Pascua a conocer el lugar donde está enterrado el hermano Eugenio, que es considerado santo y el día de su aniversario es una fiesta”. Además, espera el reconocimiento del milagro que lleve a los altares a Esteban Gumucio, al que tuvo como profesor de filosofía en el colegio de los SSCC de Santiago y con el que compartió sus primeros años de sacerdocio. Lo define como un religioso “sencillo, humilde, un ejemplo”.
Viña del Mar, “un amor a primera vista”
Viña del Mar ha sido para él “un amor a primera vista”. De director del Colegio de los SSCC de la capital pasó a director del Colegio de Viña del Mar, donde vivió contento con la comunidad, los padres de familia y los alumnos. “Por eso, siendo emérito me fui a Viña, por tantos vínculos y por echar una mano”. Diríamos que una buena mano, porque ha colaborado activamente en la Parroquia de la Asunción de María de Achupallas. Estando de directora su apreciada y recientemente fallecida Mª Olga Mardones sscc iba dos veces por semana al Colegio de las hermanas SSCC de Álvarez. La directora presumía de tener “un obispo capellán”. Después ha ido al Colegio de Santa Inés también de nuestras hermanas sscc y a su residencia de ancianas. Ha colaborado como director espiritual en el Seminario de Valparaíso y ha cultivado la amistad con el clero de dicha diócesis de la que fue obispo auxiliar. A los sacerdotes jóvenes les ha inculcado el estar abiertos a la realidad que van viendo sin amarrarse a situaciones que pueden cambiar. Ha dado mucha importancia a los grupos sacerdotales y a fomentar la fraternidad sacerdotal. Y la episcopal también, manteniendo muy buena relación con Gonzalo Duarte o Manuel Donoso, así como con otros obispos, como Alejandro Goic, que fue su coadjutor en la Diócesis de Rancagua, del que declara: “Goic es un siete (excelente). Un hombre bueno, profundo, sencillo, espiritual, buen pastor”.
Ahora le viene a la memoria la llamada del nuncio de aquel tiempo, Angelo Sodano, que le pidió verlo en la nunciatura en el invierno de 1984. El nuncio le dice: “El Santo Padre ha pensado en usted para obispo de Iquique”. Respuesta del obispo electo: “No, usted se ha equivocado, ese no soy yo”. Le pidió ir a la capilla. Luego regresó con la convicción de que responder “no” al Papa era hacerle un gran agravio. Y aceptó el nombramiento episcopal.
Javier se recuerda siempre participando en la vida de la Iglesia. En Santiago participó en la FIDE (Federación de Instituciones de Educación Particular). En Valparaíso, en el Congreso Eucarístico. Otros amores en la vida de Javier han sido las diócesis de las que ha sido titular: Iquique y Rancagua. Cuando llegó a Iquique solo conocía a Pablo Cerda (hermano de Javier Cerda sscc) y a un salesiano. Allí se encontró con una diócesis con falta de clero. Y se inculturó: “Hay que meterse en el alma iquiqueña, conocer los bailes religiosos y compartir con la gente”. En él se cumplieron las palabras del dicho popular: “A Iquique se llega llorando y se sale llorando”. Logró apoyo a varios proyectos de la diócesis con la ayuda de la arquidiócesis alemana de Paderborn, cercana a Münster.
Antes de llegar a Rancagua conocía parte de la diócesis, ya que sus primeros años de vida los pasó en la casa familiar de San Vicente de Tagua Tagua, junto a sus padres, Javier y Adriana, y a su hermano Jorge. “En la cripta de la Catedral de Rancagua hay un espacio para mí”, expresa con naturalidad. Allí descansará el ahora obispo emérito de dicha diócesis. Javier fue un gran apoyo para la población. Siendo ya emérito, con motivo del terremoto de 2010, regresó varias veces a la diócesis para animar a las comunidades cristianas y manifestar su cercanía y apoyo también a sus pastores.
De la mano de los hermanos ir al encuentro del Señor
Javier reflexiona estos días con este texto de Esteban Gumucio en que habla de su propia muerte:
“Ahora que me veo rengueando los últimos pasos aquí en la tierra, me quiero alegrar, porque Jesús es Resurrección de niños, jóvenes, hombres y mujeres adultos, y también Resurrección de los que ya estamos mendigando a la puerta del Rey. Jesús me da la alegría de vivir con fe y confianza los minutos complementarios y los últimos descuentos.
Jesús es el entrenador del equipo que es su Iglesia y estamos seguros del triunfo, porque el árbitro del partido es el Papá de Jesús. Entre ellos dos tiene hecho un arreglín para que ganemos con los penales finales, que los hace el mismo Jesús. Son imbarajables. Esta es la noche en que toda la humanidad se gana el campeonato eterno”.
“Pensaba que iba a vivir más tiempo con los hermanos al regresar a esta casa… No tengo temor a la muerte. La siento ahora como un deseo de reencuentro con tanta gente querida y con Jesús, sobre todo. Siento que es bonito ir al encuentro del Señor de la mano de los hermanos”, confiesa con paz en medio de nuestra conversación.
La presencia de Javier en la casa nos muestra la sencillez y hermosura de nuestra vocación: “vivir y morir como hijos de los Sagrados Corazones”. Gratias infinitas.
Fernando Cordero sscc

02/07/2020