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CONGREGACIÓN DE LOS SAGRADOS CORAZONES
de JESÚS y de MARÍA
Gobiernos Generales de Hermanos y Hermanas, Roma

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Los últimos días de Padre Damián de Veuster (Hnos)

He aquí como el padre Wendelin Moellers ss.cc. describe los últimos días de Damián:

El sábado 23 de marzo estaba todavía, como de costumbre, activo y lleno de trajines. Fue la última vez que lo vi así.

A partir del 28 de marzo no salió ya de su cuarto. Ese día puso en orden sus asuntos temporales.

Después de haber firmado sus papeles, me dijo: "Qué contento estoy de haber dado todo a monseñor; ahora muero pobre, ya no tengo nada mío".

El jueves 28 de marzo comenzó a guardar cama. El sábado 30 hizo su preparación a la muerte. Era realmente edificante verlo; parecía tan feliz. Cuando hube oído su confesión general, me confesé con él, y en seguida renovamos juntos los votos que nos vinculan a la Congregación. Al día siguiente, recibió el santo viático. Todo el día estuvo alegre, gozoso, como de costumbre.

"¿Ve mis manos? —me decía; todas mis llagas se cierran, la costra se pone negra: es signo de muerte, usted lo sabe bien. Fíjese también en mis ojos; he visto morir a tantos leprosos, que no me engaño; la muerte no está lejos. Mucho me habría gustado ver una vez más a monseñor; pero Dios me llama a celebrar la pascua con Él. Bendito sea Dios".

Ya solo pensaba en prepararse a morir. No había manera de equivocarse: era visible que la muerte se acercaba.

EL 2 DE ABRIL recibió la extremaunci6n de manos del reve¬rendo padre Conrardy.

"Que bueno ha sido Dios -me dijo durante el curso de ese día- al conservarme lo bastante para tener a dos sacerdotes a mi lado que me asistan en mis últimos momentos; y además saber que están en la leprosería las buenas hermanas de la Caridad. Es mi Nunc dimittis. La obra de los leprosos esta asegurada; por consiguiente, ya no soy necesario, y así dentro de poco me iré allá arriba".

"—Cuando este allá arriba, padre -le dije-, no olvidará a los que deja huérfanos.

- Oh, no! - me respondió -; si tengo algún crédito ante Dios intercederé por todos los que se encuentran en la leprosería".

Le pedí que me dejara su manto, como Elías, para tener su gran corazón.

"¿Qué podría usted hacer con el? —me dijo- ¡Si está lleno de lepra!"

Entonces le pedí su bendición. Me la dio con lágrimas en los ojos; bendijo también a las valerosas hijas de san Francisco por cuya venida había rezado tanto.

LOS DIAS siguientes, el padre se sintió mejor; llegamos in¬cluso a concebir la esperanza de conservarlo todavía tiempo. Las hermanas vinieron a menudo a visitarlo. Lo que más admire en él fue su paciencia admirable. El, tan ardiente, tan vivo, tan fuerte, verse así clavado en su pobre yacija, aunque sin sufrir demasiado. Estaba acostado en el suelo, sobre un pobre colchón de paja como el más simple y más pobre de los leprosos, y nos costó no poco lograr que aceptara una cama. ¡Y qué pobreza! El, que gastó tanto para aliviar a los leprosos, se olvidó de sí mismo hasta el punto de no tener mudas, ni ropas, ni sábanas.

SU APEGO a la Congregación fue admirable. Cuantas veces me dijo: "Padre, usted aquí representa para mi a la Congregación, ¿no es cierto? Digamos juntos las oraciones de la Congregación. ¡Qué bueno es morir hijo de los Sagrados Corazones!"

Varias veces me encargó que le escribiera a nuestro reverendísimo padre para decirle que su mayor consuelo en ese momento era morir como miembro de la Congregación de los Sagrados Corazones.

El sábado 13 de abril empeoró, y toda esperanza de conservarlo se desvaneció. Un poco después de medianoche recibió al Señor por última vez; pronto lo vería cara a cara. Cada cierto tiempo perdía el conocimiento. Cuando fui a verlo me reconoció, me habló, y nos despedimos, pues yo tenía que ir a Kalaupapa para el día siguiente, que era domingo. Apenas terminados los oficios regrese donde él, y lo encontré con bastantes fuerzas, pero sus ideas ya no estaban claras. Leía en sus ojos la resignación, el gozo, la satisfacción; pero sus labios ya no podían articular lo que tenia en su corazón. Cada cierto tiempo me apretaba afectuosamente la mano.

El lunes 15 de abril recibí una nota del reverendo padre Conrardy, en la que me decía que el padre estaba agonizando. A toda prisa me puse en camino, pero luego encontré a otro emisario que venía a anunciarme su muerte.

MURIÓ sin ningún esfuerzo, como si se quedara dormido; se extinguió suavemente después de haber pasado más de dieciséis años en medio de los horrores de la lepra. El buen pastor había dado su vida por sus ovejas. Cuando llegué estaba ya revestido de su sotana. Todas las señales de la lepra habían desaparecido de su rostro; las llagas de sus manos estaban totalmente secas.

Hacia las once de la mañana lo llevamos a la iglesia, donde permaneció expuesto hasta las ocho del día siguiente, rodeado de leprosos que rezaban por su venerado padre. En la tarde del lunes vinieron las hermanas a adornar el ataúd: seda blanca por dentro, y por fuera un paño negro con una cruz blanca.

El 16 celebre la misa por mi querido hermano. Después de la misa se puso en marcha el cortejo fúnebre; pasamos por delante de la iglesia nueva para entrar al cementerio. Encabezaba el cortejo la cruz, luego venían los músicos y los miembros de una asociación, enseguida las hermanas con las mujeres y las niñas y después el ataúd, llevado por ocho leprosos blancos; detrás del ataúd el sacerdote oficiante, acompañado por el reverendo padre Conrardy y los acólitos y seguido por los hermanos con sus jóvenes y por los hombres.

EL PADRE DAMIAN había comenzado su vida en Molokai en condiciones de extrema privación, hasta el punto de tener que pasar las primeras noches al abrigo de un gran árbol. De acuerdo con su deseo de ser enterrado bajo ese mismo árbol, un pandanus, yo había hecho preparar, durante su enferme¬dad, una fosa en el lugar indicado. Es allí donde reposa su cuerpo, esperando una resurrección gloriosa. Está vuelto hacia el altar. La fosa está cubierta por una gruesa capa de cemento. Es allí donde están depositados los restos del buen padre Damian, a quien el mundo llama con razón el héroe de la Caridad.

Molokai, 17 de abril de 1889 Padre Wendelin, ss.cc.
 

15/04/2022