"En Jesús encontramos todo"

CONGREGACIÓN DE LOS SAGRADOS CORAZONES
de JESÚS y de MARÍA
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Circular anunciando la aprobación de las Reglas, el 14 de abril de 1817

(Extracto)


    Colmados de tantos favores del Dios misericordioso, tengamos cuidado, queridos hermanos y hermanas, de no olvidar la grandeza de nuestra vocación. Estamos destinados a adorar al Corazón de Jesús, a reparar los ultrajes que recibe todos los días. Debemos entrar en el dolor interior de este Sagrado Corazón.


    Uno de nuestros principales deberes es el de imitar las cuatro edades de la vida del Hombre Dios: su infancia, su vida oculta, su vida apostólica y su vida crucificada. No perdamos de vista que Nuestro Señor quiere que entremos, fundamentalmente, en la crucifixión interior de su Corazón. Por tanto, debemos, como la Magdalena, quedarnos a sus pies, y como San Juan, acompañarle hasta la cruz...


    Acordaos también, mis queridos hermanos y hermanas, que después del Corazón adorable de Jesús, debemos honrar particularmente el dulcísimo Corazón de María. La Santísima Virgen ha sido concebida sin pecado; nació con todas las virtudes; nunca tuvo tentaciones; fue predestinada a ser madre de Dios; pero ha merecido este insigne favor, en primer lugar, por una entera fidelidad a las gracias de Dios, y luego, por las tres virtudes que practicó de manera especial en el momento en que el ángel vino a anunciarle esa gran noticia. La primera es su amor por la virginidad. La segunda, su humildad. La tercera, que es el complemento de todas, su perfecto abandono a la voluntad de Dios, por puro amor a Él. Cuando Nuestro Señor fue concebido en su seno, ella tuvo el sentimiento, es decir, conocimiento de todo: de los sufrimientos y de la muerte de su divino hijo, y recibió en su corazón la misma herida que Nuestro Señor recibiría en la pasión, es decir, que la Santísima Virgen probó un sentimiento doloroso, que conservó hasta el momento en que los ángeles la subieron al cielo. El amor de María por Jesús fue aumentando hasta el instante de su gloriosa asunción. Porque ese sentimiento no podía permanecer inalterable; si no aumentaba, habría disminuido.


     La Santísima Virgen no sintió nunca la malicia del pecado, ni el odio del corazón humano. No conoció más que el dolor que se causa a Dios. He aquí por qué ella es tan misericordiosa.


    Consolémonos en nuestras penas, pensando que María es, y será siempre, nuestra protectora, nuestro sostén; que incluso, tendremos siempre parte en los afectos de su corazón. Hay que acudir a ella, cuando Dios se retira, en nuestras penas, en nuestras desolaciones, en nuestras infidelidades; ella rezará por nosotros si la invocamos, en lugar de desalentarnos...

    Nuestro número aumenta de día en día. Nuestro divino Maestro parece que nos abre su Corazón y nos dice: “Venid a mí, o bien, todos vosotros sois míos”. Seamos, pues, de Él sin reserva, si queremos obtener la recompensa.

***

O, Jesucristo, he aquí a los hijos de vuestro divino Corazón, confusos a vuestros pies, a la vista de sus pecados, a la vista de sus iniquidades innumerables que han inundado Francia, inundado el mundo. Aunque hayamos sido indignos, henos aquí como víctimas. Mantened vos mismo la espada del sacrificador, hasta que habiendo sido sepultados en vuestra vida oculta, el celo de vuestra divina casa nos devore, y que podamos vivir, sufrir y morir con vos que sois para siempre nuestro centro y nuestra vida”.

Oración del P. Coudrin, en Memorias de la Congregación. Libro 1, p. 26

16/11/2007