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CONGREGACIÓN DE LOS SAGRADOS CORAZONES
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Un apóstol que transformó familias y naciones

En el corazón espiritual de Paray-le-Monial, cuna de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, el postulador general de la Congregación de los Sagrados Corazones, Padre Andrzej Lukawski, ha pronunciado el 15 de noviembre una conferencia histórica en la que recordó la figura y el legado del Padre Mateo Crawley-Boevey (1875-1960), apóstol incansable del Amor divino y fundador de la Obra de la Entronización del Sagrado Corazón de Jesús en las Familias. La ocasión no podría ser más significativa: la conmemoración del 150 aniversario de su nacimiento, unida al anuncio del inicio de su proceso de beatificación, autorizado recientemente por el 40º Capítulo General de su Congregación.

“Nos reunimos en este lugar sagrado para honrar la memoria de uno de los grandes apóstoles del Sagrado Corazón del siglo XX”, afirmó el P. Lukawski. “Fue aquí, en Paray-le-Monial, donde en 1907 el Padre Mateo recibió la gracia que marcaría su vida entera: la misión de renovar el mundo a través de la santificación de las familias”.

Un misionero entre dos continentes

Nacido en Tingo (Arequipa, Perú) el 18 de noviembre de 1875, Mateo Crawley-Boevey creció en un hogar marcado por la fe. Su madre peruana, María Murga, era una mujer profundamente religiosa; su padre, Charles Octave, de origen inglés, se convirtió más tarde al catolicismo. A los 15 años ingresó en la Congregación de los Sagrados Corazones en Valparaíso (Chile), donde fue ordenado sacerdote en 1898.

Desde sus primeros años como religioso, el joven Mateo sintió la llamada a llevar el Evangelio al corazón mismo de la vida familiar. Inspirado por un cuadro del Sagrado Corazón —el mismo que el presidente ecuatoriano García Moreno utilizó para consagrar su país al Corazón de Jesús en 1874—, el sacerdote comprendió que su misión sería transformar la sociedad comenzando por el hogar cristiano.

Su labor pastoral en Chile lo puso en contacto con familias, jóvenes y comunidades enteras, despertando en él una convicción profunda: la familia debía ser el primer altar del amor de Cristo. Durante el devastador terremoto de 1906, su entrega heroica a los damnificados debilitó su salud, lo que le llevó a viajar a Europa para recuperarse. Ese viaje, sin embargo, cambiaría el curso de su vida y de la espiritualidad moderna.

Una experiencia que marcó su destino

En 1907, tras ser recibido por el Papa Pío X, quien le dijo: “No te permito dedicarte a esta obra; te lo mando”, el Padre Mateo peregrinó a Paray-le-Monial. Allí, en la capilla de las Apariciones, donde Jesús reveló su Corazón a Santa Margarita María Alacoque, experimentó una curación física y espiritual que confirmó su vocación. Desde ese día, se consagró totalmente a la misión de entronizar el Sagrado Corazón en las familias, haciendo de cada hogar un pequeño santuario de amor y reparación.

Regresó a Chile y comenzó una cruzada espiritual que pronto se extendió por toda América Latina y Europa. Con una palabra sencilla y ardiente, sus conferencias atraían multitudes. “Hablaba con el corazón, y su fe encendía otras almas”, recordaba Pío XI, quien lo llamó “el misionero volante del Rey de Amor”.

Entre la oposición y el reconocimiento

No todo fue fácil. Su propuesta —un compromiso familiar público con el Corazón de Jesús— fue recibida con entusiasmo por muchos, pero también con recelo por algunos teólogos y obispos. En España y Francia enfrentó restricciones y prohibiciones, que soportó con humildad. Finalmente, la aprobación definitiva del Papa Benedicto XV en 1915, publicada en el Acta Apostolicae Sedis, confirmó oficialmente la legitimidad teológica de la Entronización y la presentó como “una obra de salvación social”.

A partir de entonces, el Padre Mateo se convirtió en un verdadero embajador del amor divino. Predicó en más de 22 países, habló seis idiomas y difundió su mensaje incluso en naciones que nunca visitó. Su libro más conocido, Jesús, Rey de Amor, junto con La Hora Santa y las Meditaciones del Rosario, sigue inspirando a millones de fieles hasta hoy.

Un apóstol incansable hasta el final

Hacia el final de su vida, el Padre Mateo orientó su apostolado hacia la santificación del clero. Estaba convencido de que sólo sacerdotes profundamente enamorados del Corazón de Cristo podrían renovar la Iglesia. “Sin sacerdotes santos —escribió— no puede haber hogares santos.” Dedicó sus últimos años a predicar retiros espirituales a miles de sacerdotes, transmitiendo la esencia de su mensaje en una sola palabra: Diliges (“Amarás”).

Tras décadas de viajes, conferencias y sufrimientos ofrecidos, su cuerpo no resistió más. Murió en Valparaíso, Chile, el 4 de mayo de 1960, pronunciando palabras de entrega y alegría: “Lo ofrezco todo por la gloria de los Sagrados Corazones”. Sus restos reposan en la iglesia que tanto amó, bajo el altar del Sagrado Corazón.

Camino a los altares

La figura del Padre Mateo, afirma el P. Lukawski, “merece ser redescubierta por la Iglesia del siglo XXI”. Su vida fue una continua ofrenda al Amor divino, una “vocación dentro de la vocación” que supo integrar mística, familia y misión universal. La decisión de iniciar su causa de beatificación no es sólo un reconocimiento a su obra, sino un llamado a continuar su legado: hacer del Corazón de Jesús el centro vivo de cada hogar y comunidad cristiana.

“Su fama de santidad —concluyó el P. Lukawski— permanece viva en el corazón de innumerables creyentes. El tiempo dirá si la Iglesia lo eleva a los altares, pero ya muchos lo veneran como guía y amigo en el camino del amor y la fe.”

15/11/2025